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martes, 9 de julio de 2013

Veronika decide morir

Crítica

Veronika decide morir de Paulo Coelho, es un libro que narra la vida de una joven que no desea seguir viviendo. La historia de Veronika es simple una muchacha que lo tiene todo en la vida pero por la rutina diaria se cansa de vivir y decide morir, intenta suicidarse pero fracasa y termina en un hospital psiquiátrico. A pesar de que la historia en sí de Veronika no tiene un contenido pesado para el lector, los temas que tratan la locura y la voluntad de vivir son profundos.

Igual creo que en vez de llamarse Veronika decide morir, debió llamarse Veronika decide vivir, porque al final esa fue su decisión, vivir, pero no vivir por vivir, vivir con todo su cuerpo y alma. Lo gracioso es que este libro es una novela, sin embargo, los tipos de análisis que en este se pueden ver son de tipo psicológicos; todo el tiempo sentí que estaba leyendo un libro de psicología.

Creo que lo mejor de este libro, fue como Coelho habla de la locura y de la normalidad.
Donde expresa que la normalidad es lo que en mayoría consideran normal. Por lo tanto la locura es relativa, subjetiva y hasta podría decir que imaginativa. Cuando salimos de nuestra realidad para entregarnos a otra, no lo considero un acto de locura. En el mismo libro una de las ''locas'' lo considera un acto de cobardía, y yo ni una ni la otra,  simplemente las personas se cansan de que los demás le digan lo que es normal y lo que es locura, lo que esta bien y lo que esta mal, y el cerebro o la mente decide viajar a un lugar donde pueda hacer lo que le plazca, y hacen su propia realidad.

Este libro lo recomiendo al 100%, sobre todo a esas personas que se sienten mal por ser diferentes a los demás o que no le encuentran sentido a sus vidas. Veronika decide morir es un libro que definitivamente te dejará pensando en muchas cosas positivas sobre la vida.



Autor: Melany S. Luciano Camilo

domingo, 7 de julio de 2013

El albergue de las mujeres tristes


Una radiografía del amor y el desamor por Marcela Serrano



















Sipnosis


Este libro narra la historia de un grupo de mujeres chilenas, que tras
sufrir algún desencuentro con el amor acuden a una estancia o albergue
donde juntas se apoyan mutuamente, pueden escapar por un tiempo de su
triste realidad y se pueden encontrar con ellas mismas. Floreana Fabrés, el
personaje principal, es una chica sencilla, tímida,  reservada y modesta,
que no acepta lo linda que es, llena de inseguridades y baja autoestima a
pospuesto el amor tras fracasar en su matrimonio. Insatisfechas con ellas
mismas, cada mujer cuenta su historia y crece en ellas un poquito más de
amor propio. 

Crítica

En el libro, muestra distintas situaciones. Se discuten diferentes temas,
como los hombres no expresan su amor y las mujeres cada vez se sienten
más solas. Como cita la autora, ''Mientras el hombre se enamora del ser,
las mujeres se enamoran del hecho de estar enamoradas, por eso cada vez
hay mas homosexuales'' el libro toca mucho el tema de la homosexualidad,
desde otro punto de vista. Explica claramente como las mujeres muchas
veces nos equivocamos y somo culpables de nuestro destino por las
mismas malas decisiones que tomamos para luego culpar a nuestro entorno
y hacernos víctimas. 

Un libro que no es para cualquier público, fácilmente a una persona que no
le guste leer le aburra o simplemente no lo termine de leer. Una historia
simple y a la vez con un tema fuerte. Recomendaría este libro a personas
divorciadas o con problemas de parejas, que sienten la necesidad de
comprender al sexo opuesto y de conocerse a si mismo. A pesar de que no
es un libro de superación personal, sino un relato, trata de hechos reales y
eso te hace inmediatamente sentirte identificado con el tema. El albergue
es para todas aquellas personas, que en alguna parte de su vida se han
sentido con el ama rota.

Autor: Melany Luciano Camilo

martes, 26 de marzo de 2013

Vindicación del libro


La consideración de la biblioteca como ámbito casi religioso,  como refugio o templo donde el hombre halla abrigo en su andadura huérfana por la tierra, la expresa, quizá mejor que nadie, Jean-Paul Sartre, en su hermosísima autobiografía Las palabras, donde comparece el niño que fue, respaldado por el silencio sagrado de los libros: "No sabía leer aún, y ya reverenciaba aquellas piedras erguidas -escribe Sartre con unción-: derechas o inclinadas, apretadas como ladrillos en los estantes de la biblioteca o noblemente esparcidas formando avenidas de menhires. Sentía que la prosperidad de nuestra familia dependía de ellas. Yo retozaba en un santuario minúsculo, rodeado de monumentos pesados, antiguos, que me habían visto nacer, que habían de verme morir y cuya permanencia me garantizaba un porvenir tan tranquilo como el pasado". Esta quietud callada y a la vez despierta de los libros, esta condición suya de dioses penates o vigías del tiempo que velan por sus poseedores y abrigan su espíritu los convierte en el objeto más formidablemente reparador que haya podido concebir el hombre.

El libro, en apariencia inerte y mudo, nos reconforta con su elocuencia, porque entre sus páginas se aloja nuestra biografía espiritual; y es esta capacidad suya para invocar los hombres que hemos sido es lo que lo convierte en nuestro interlocutor más valioso y ajeno a las contingencias del tiempo.

Yo también puedo decir con legítimo orgullo que "los libros fueron mis pájaros y mis nidos, mis animales domésticos, mi establo y mi campo", como escribe Sartre en algún pasaje de su autobiografía. También para mí la biblioteca ha sido, como para Sartre, "el mundo atrapado en un espejo"; también para mí la lectura ha sido una vocación de permanencia que ha exaltado y consolado mis días. Por eso contemplo con cierto preocupado escepticismo esas proclamas más o menos elegíacas que nos hablan de la muerte inminente de estos compañeros del alma. Los profesionales de la catástrofe y los apóstoles del progreso coinciden en afirmar que los avances en el ámbito de las comunicaciones electrónicas acabarán expoliando ese templo tan costosamente erigido a lo largo de los siglos. Jamás he participado de esta visión fatalista y lúgubre; como Humberto Eco, pienso que las nuevas tecnologías están difundiendo una nueva y pujante forma de cultura, pero se muestran incapaces de satisfacer todas nuestras demandas intelectuales.

La comunicación electrónica viaja por delante de nosotros, se adelanta a nuestras inquisiciones, procurándonos un copioso caudal de información; los libros, en cambio, viajan con nosotros y acicatean nuestras pesquisas, deparándonos el difícil venero del conocimiento. Precisamente porque no ofrecen soluciones rápidas e instantáneas, precisamente porque estimulan nuestra curiosidad perenne, tienen la supervivencia garantizada.

Habría que analizar sin ofuscaciones jeremíacas, junto a sus ventajas utilitarias innegables, los perjuicios o pérdidas que nos inflige la lectura electrónica. La digitalización de textos, las redes y foros interactivos han conseguido liberarnos de las "ataduras" del libro; de este modo, la lectura electrónica se ha convertido en una especie de "simultaneidad textual" que inculca un sentido fragmentario de la realidad, repudia las elaboraciones abstractas, disminuye nuestra capacidad retentiva y mutila nuestra percepción de la historia. También devalúa nuestra especial actitud ante el lenguaje; a nadie se le escapa que las palabras leídas o escritas en la pantalla de un ordenador (palabras cambiantes que se desvanecen o actualizan sin cesar) poseen un estatuto menos estable que las palabras inamovibles de un libro. La comunicación electrónica niega el carácter ritual y perdurable del lenguaje, que es como negar sus posibilidades como vehículo para transmitir conocimiento, relegándolo a una mera condición vicaria de transmisor de informaciones. Así se alcanza ese estadio pavoroso de depauperación lingüística, donde las arquitecturas sintácticas se desploman y los matices de la expresión -la ironía y la metáfora, la argumentación y el ingenio verbal- son suplantados por un rudimentario conglomerado del que ha desertado la belleza.

Existe, además, una razón primordial por la que el libro mantendrá siempre su supremacía sobre la lectura electrónica. Se trata de su condición de abrigo para el espíritu, de esa especial disposición para trascender y explicar el tiempo y garantizarnos "un porvenir tan tranquilo como el pasado". Cada vez que nos asomamos a un libro, escapamos de un mundo aturdido por la banalidad y el vértigo para lanzarnos a la conquista de otro mundo más verdadero y postular una realidad enaltecedora. La peculiaridad de esta conquista consiste en que no se trata de un mero ejercicio de evasión, pues -como muy bien entendió Proust- la lectura deja libre la conciencia para la introspección reflexiva. Al leer no nos limitamos a absorber contenidos, a estimular nuestras dotes imaginativas o a mejorar nuestras habilidades verbales; por el contrario, regresamos a nuestro mundo aturdido por la banalidad y el vértigo con una cosecha de iluminaciones que irradian su influjo sobre la realidad y nos enseñan a ser mejores. Este viaje de ida y vuelta, además, nos hace dueños de nuestro propio tiempo, de nuestra duración en la tierra; la aventura de leer un libro nos proporciona el incalculable gozo de aprehender y comprender nuestra vida, no sólo los acontecimientos que poblaron su pasado, sino también los que otorgarán su argumento al incierto y multiforme futuro. Esta sensación de clarividencia explica, por ejemplo, ese curioso fenómeno que todo lector verdadero ha experimentado: con frecuencia nos ocurre que tratamos de evocar en vano el asunto de un libro que nos hizo felices en el pasado, y, sin embargo, ¡cuán vívidamente recordamos el estado de ánimo, el clima espiritual en que la lectura de dicho libro nos instaló, proyectándose como una reminiscencia hacia el futuro!

Creo, con cierta certeza, que esta compleja y hermosa forma de clarividencia, este sutilísimo consuelo espiritual que alumbra nuestros días sólo nos lo puede procurar un libro, jamás un artilugio electrónico. Quizá porque, como decía al principio, el libro es un objeto sagrado que nos habita por dentro y nos vincula religiosamente con la vida. Sabemos que los israelitas condenados al destierro custodiaban el rollo de pergamino del Torah en el Arca de la Alianza, un receptáculo portátil que reproducía en miniatura el templo de Salomón. Los libros siempre han propendido a ocupar un recinto sagrado; no me refiero ya a las populosas y exactas bibliotecas, sino al recinto más sagrado del alma humana. Puedo concebir, en un esfuerzo de la imaginación, una utopía funesta como la que ideó Roy Bradbury, en la que los libros hayan sufrido persecución y alimentado el fuego, como pájaros asesinados, para sobrevivir instalados en la memoria agradecida de unos pocos hombres libres. No puedo concebir, en cambio, a un hombre libre deshabitado de libros; sería tanto como imaginarlo desposeído de alma, extraviado en los pasadizos lóbregos de un mundo que no comprende.

Juan Manuel de Prada